Por Isabel Fernández del Castillo

Imagina que tienes sueño y te vas a dormir. Imagina que cuando te estás quedando dormida entran en tu habitación unas personas que encienden la luz, se dedican a observarte, te dan instrucciones y controlan el tiempo que tardas en dormirte.  Difícil ¿verdad?  Por no decir imposible.
Imagina que siempre sueles defecar a una cierta hora, pero ese día te encuentras de viaje, o sales antes de casa porque tienes una reunión …    ¿A que ya no sientes la necesidad de “pujar”?   Cuantas veces te ha pasado que el cuerpo se salte una defecación porque las condiciones no acompañan, pero cuando estás llegando a casa el proceso se desencadena casi incontrolablemente?  El cuerpo “sabe” cuando es seguro defecar.
Imagina que estás haciendo el amor con tu pareja, y de repente entran en la habitación unas personas que encienden la luz, os observan, se ponen a medir las señales de excitación, a registrar la respiración, a contar los minutos que tardáis en llegar al orgasmo.  ¿Qué probabilidades hay que éste se produzca, o simplemente de disfrutar de la experiencia?  El idioma español tiene una expresión coloquial para esto:  se te corta el rollo.
Todos estos procesos fisiológicos (dormir, defecar, excitarse y tener un orgasmo) tienen varias cosas en común: son procesos fisiológicos involuntarios, dirigidos por regiones primitivas del cerebro, y fuertemente dependientes de que se den unas condiciones apropiadas.  Un entorno y unas condiciones propicias son imprescindibles para poder “soltar el control”, abandonarse a la experiencia y que el cerebro primitivo pueda hacerse cargo del proceso.   En suma, necesitamos sentirnos seguros.  Si, vale, cuando defecamos “empujamos”, y eso es voluntario, pero si antes no tenemos la sensación de pujo, no hay nada que hacer. Igual que en el parto.
Algunos factores que inhiben estos procesos involuntarios son:

  • la presencia de observadores, la falta de intimidad
  • la luz  (estimula el cerebro racional e interrumpe el proceso fisiológico)
  • no sentirse segura/o, 
  • la incomodidad física

Ahora llegamos al parto: otro proceso involuntario, pero infinitamente más sofisticado, complejo y en el que participa no sólo el cuerpo, sino también la psique. Es, probablemente, la experiencia más extra-ordinaria que pueda vivir un ser humano.   Pero a un nivel fisiológico, sigue siendo el cerebro primitivo quien lleva a cabo el proceso.  Eso quiere decir que si hay interferencias, no funciona.
Ahora imagina que viene la policía a tu casa, te secuestra, te lleva al hospital donde te van a obligar a parir a la fuerza.   A los factores inhibitorios antes mencionados podemos añadir algunos más:

  • el miedo (el miedo contrae, ¿quién puede “dilatar” estando “contraída”?)
  • estar en un ambiente hostil: sentirse agredida, ninguneada, tratada irrespetuosamente
  • sentirse enfadada

Ante un acto de agresión, el cuerpo entra en un estado hormonal de lucha-huida, el cerebro mamífero se apaga y toma el control el cerebro reptiliano. Éste interrumpe todo lo que no es fundamental para la supervivencia (el cuerpo no tiene interés en parir a una criatura en medio de una guerra) y el parto se detiene. Un parto interferido siempre es más peligroso, y más traumático a nivel físico y psíquico, tanto para la madre como para el bebé.  Es traumático a todos los niveles: por la perturbación del proceso fisiológico, por el riesgo asociado y la cascada de intervenciones que genera, por la agresión en un momento tan sensible y vulnerable, por la indefensión, por el miedo al daño, propio o al bebé.
Enviar a la policía a detener una mujer para obligarla a parir mediante una inducción, como ha hecho el Hospital Universitario Central de Asturias, pone de manifiesto algunas cosas.  La primera es que quienes han tomado esa decisión no han entendido nada de la fisiología del parto, y mucho menos de la psicología del parto; no es de extrañar que el parto en esas condiciones no progresara y culminara en una cesárea, según ellos   “por no progresión del parto” y por “desproporción cefalopélvica”.   Pero  ¿¿qué esperaban??  ¿que la mujer pariese en estas condiciones?  ¿o simplemente ganarle el pulso porque se estaba planteando parir en casa y necesitaba tiempo para reflexionar antes de tomar decisión?
Más allá de estas consideraciones sobre la fisiología normal del parto, y del hecho de que la inducción tiene también riesgos, lo que encontramos en este caso es una vulneración de los derechos de una usuaria de la sanidad, que se produce porque se trata de los servicios de obstetricia, es decir, porque la usuaria es mujer.
Ahora imagina que eres un paciente de traumatología, o de cardiología, o de urología y te niegas a una intervención porque te has informado bien y no te convence, o quieres tomarte el tiempo de valorar otras opciones antes de decidir: no hay nadie que pueda obligarte si no firmas el consentimiento informado.  Nadie.  Aunque los médicos crean que esa es la mejor opción.
Ahora imagina que eres una paciente de obstetricia. Ah, bueno, entonces sí que pueden obligarte. ¿¿como??
Lo que vemos en la práctica es que, cuando se trata de obstetricia, cada hospital se siente libre de imponer sus protocolos, estén basados en la evidencia o no, se adecúen a las guías oficiales o no, y aunque muchos han mejorado sus prácticas, otros siguen sin incorporar ni un mínimo de las recomendaciones de las guías oficiales de atención al parto.   En obstetricia parece que no hay en problema en saltarse los derechos de las usuarios reconocidos en ley de Autonomía del Paciente y que se respetan escrupulosamente en otras especialidades.  Y ocurre que las usuarias de obstetricia siempre son mujeres.  ¿Cómo llamamos a esto?  ¿Es la violencia obstétrica una forma de violencia de género?  ¿Se imaginan a la policía deteniendo a un paciente para someterlo por la fuerza a una operación de próstata?  ¿A que no?

Isabel Fernández del Castillo es autora de “La Nueva Revolución del Nacimiento”, cofundadora de la asociación El Parto es Nuestro,  colaboradora en la elaboración de la Guía de Practica Clínica sobre la atención al Parto Normal (Ministerio de Sanidad), cofundadora del Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal.