Por Patricia Fernández Lorenzo, psicóloga y terapeuta familiar

 

Son muchas las experiencias únicas y valiosas que todos acumulamos en estos días. Cada uno en nuestro puesto, atrapados por la falta de movimiento hacia afuera, por la falta de referentes claros que nos ayuden a proyectarnos en el futuro próximo. Tal vez por todo esto o incluso como recurso terapéutico para poder digerir la mezcla de emociones, recurro estos días más q nunca a la escritura. Busco movilizar mi pensamiento, mi sentir, atorados por la falta de perspectiva. Busco anclas en el presente para no divagar tanto hacia lo que vendrá o hacia lo que puedo hacer yo con lo que venga.
Hoy me descubro observándome en mi momento vital como madre que amamanta. Mi bebé acaba de cumplir un año inmerso en un confinamiento que dura mas de un mes y que no tiene fecha limite. Los momentos de inmensa paz, de amor y agradecimiento a la vida se aparecen nítidamente, reconfortándome cada vez q me retiro a solas con él para amantarlo. En la intimidad de la teta, del abrazo tranquilo, de contemplarlo atento, abierto a su alimento amoroso, siento el amparo q es también para mi. A través del cuerpo, dejando que se relaje, que se ilumine de oxitocina, que se vuelva consciente del amor, inundándose en él. Pocas cosas sirven tanto, como referente, entre estas cuatro paredes. Echo el ancla en mar serena. Pocas cosas nos oxigenan en este reducido espacio en que compartimos las  emociones exaltadas, adultos y niños. Dar teta es mas q nunca descanso reparador, abrazo compartido, paraíso interior, fuente que brota esperanza en la vida que algún día volveremos a recorrer con todos los circuitos movilizados. 
Que sería de mi sin este encuentro ineludible, sin esta cita inaplazable, sin este tiempo de cuerpo, de estar en calma para el otro.
Consciente ahora de cuanto es también para mí, habiéndome obligado a ponerlo en palabras y atreviéndome a compartirlas.
Así se transforma este tiempo, nuevo, en formas de mirarnos y tocarnos.
Así contribuyo partiendo de mi misma, sabiendo que nada será lo que era y que conviene mas que nunca que nos conozcamos y reconozcamos en aquello que empezamos a sentir y de lo que ya no podemos huir: la humanidad  misma.
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Ilustración:  Helena Valcarcel