Por Isabel Fernández del Castillo

 

Todos hemos visto documentales de naturaleza, y nos hemos sobrecogido y admirado con la infinita inteligencia de los procesos naturales y de la capacidad de autorregulación de la naturaleza (si no se ha destruido con intervenciones inadecuadas, claro). Cuando se trata de una especie en vías de extinción, los científicos no se plantean estimular directamente a los individuos de esa especie, sean abejas, mariposas, linces o lobos, sino que la mirada se centra en el ecosistema en el que esa especie se desarrolla: el hábitat, el cobijo, el alimento, es decir, las relaciones entre los diferentes elementos de ese ecosistema. ¿Satisface ese entorno las necesidades de esa especie, o lo hemos alterado tanto que es inviable? Este documental explica muy bien hasta que punto el contexto condiciona el texto.

La mirada del científico naturalista, que observa lo que es, es muy distinta la de la agricultura industrial, o la ingeniería forestal, donde el objetivo es la productividad, y donde el ecosistema se simplifica hasta el extremo para reducirlo a las especies de interés comercial. El coste ecológico es inmenso, incluso sobre la productividad, que es el objetivo principal. Y ni siquiera es necesario: hay abordajes que compatibilizan ambos objetivos: equilibrio ecológico y productividad.

Llegamos a la especie humana y parece que todo lo que aplica al resto de especies no es para nosotros: hemos asumido que estamos por encima. Qué osadía. ¿Acaso no nos influye el hábitat, el entorno, el ecosistema afectivo, familiar, social, cultural, ambiental? Definitivamente sí, y todas las disciplinas, desde la epigenética hasta la psicología, así lo demuestran. Sin embargo, aún estamos lejos de esa mirada sin prejuicios, capaz de observar lo que es y no lo que debe ser o nos encaja mejor de acuerdo con los valores y prioridades de la sociedad tecnológica.

 

Una mirada ecosistémica sobre la infancia

En las últimas décadas, el cuidado de los bebés, niñas y niños se ha ido impregnando de la prisa, la desconexión emocional, y la obsesión por el resultado inherente a los valores de la sociedad tecnológica y de la productividad. Este progresivo extrañamiento de la auténticas necesidades de la infancia puede ser interpretado como un aspecto más de la progresiva disociación del ser humano con la naturaleza en general. Una desconexión que nos ha situado ante una crisis ecológica sin precedentes, pero que al mismo tiempo nos señala que la vía hacia la regeneración necesariamente debe incluir al ser humano.  

El hecho es que, como sociedad, hemos olvidado que el desarrollo de la infancia sigue un programa interno, universal, inteligente y autodirigido, pero fuertemente dependiente del entorno físico, emocional, social, cultural y ambiental.   En los primeros años, el papel de los adultos en la crianza y la educación no es dirigir artificialmente ese proceso, acelerar el ritmo y tratar de apresurar y adelantar etapas, sino acompañarlo con amor y atención, satisfaciendo las auténticas necesidades infantiles desde el inicio de la vida, proporcionando las condiciones idóneas para que ese desarrollo se produzca espontáneamente y de la mejor forma posible, sin manipularlo o tratar de acelerarlo artificialmente; en definitiva sin inhibirlo o reprimirlo

La Formación en Ecología de la Infancia hace un recorrido de los primeros seis años de vida desde una perspectiva ecológica y sistémica, basándose en lo que la observación, la psicología, la pedagogía y la neurociencia más reciente nos están revelando sobre la evolución de la cría humana, su ecosistema natural de desarrollo y las condiciones idóneas para que puedan florecer y desarrollar todas sus potencialidades con salud, bienestar y placer.  

El objetivo principal es tomar consciencia de la trascendencia e importancia de esta valiosa y a la vez frágil etapa, para que el mundo adulto pueda estar a la altura de tan importante tarea y  adquirir conocimientos y herramientas para poder acompañar a los bebés, niñas y niños tal y como merecen.

 

La etapa 0 a 3: la inteligencia corporal, emocional y social van primero

La etapa 0 a 3 años es la más decisiva de la vida del ser humano en todos los sentidos; es el tiempo en el que se sientan las bases de la salud mental para toda la vida. También es la etapa en la que se establece el patrón interno de relación con los otros y el mundo.  Todo lo que ocurre en estos años tiene una enorme trascendencia a nivel de salud física, emocional, mental y social de las personas.  Es por tanto, un asunto privado pero también público.   

En el mundo occidental, sin embargo, con frecuencia se tiende a considerar la primera infancia una etapa de transición hacia otras etapas más “importantes”, un tiempo más o menos ajetreado y en todo caso molesto y cansado.  Las políticas públicas a menudo reducen la cuestión a “donde” o “con quien dejar” al niño o niña, para que los padres puedan volver a trabajar fuera del hogar lo antes posible.  El mundo adulto, en general, es poco consciente de la especial sensibilidad, naturaleza, vulnerabilidad psíquica y necesidades de los bebés, niñas y niños, y sobre todo la trascendencia individual y social de satisfacerlas o no.  Eso se traduce en una cultura y unas políticas y servicios de cuidado y atención a la infancia que ignoran en gran medida la sutileza y necesidades de la psique infantil, afectando a las enormes potencialidades e inteligencias con las que nacen las criaturas y afectando a su salud mental.

 

La etapa 3 a 7: la experiencia como base del aprendizaje

¿Cómo se desarrolla la inteligencia emocional y social?  ¿cómo aprenden los niños y niñas idealmente?    ¿cómo preservar su curiosidad, afán de superación y el placer por aprender? cómo favorecer el despliegue de la imaginación, la iniciativa y creatividad?  ¿Cómo acompañarlos para que sintonicen con su propia valía y capacidades innatas?   ¿dónde ponemos el foco, en la enseñanza o en el aprendizaje?

A lo largo de los primeros 7 años, la especie humana replica el proceso que permitió a la humanidad desarrollar el cerebro más potente del reino animal.  Antes de saber leer, escribir, desarrollar el pensamiento abstracto y crear naves espaciales, la humanidad fué artesana y artista, siendo su propia naturaleza – su cuerpo, su psique, su intuición- su principal medio de expresión, descubrimiento y aprendizaje, conexión con la naturaleza, relación con el mundo y los otros, transmisión de conocimientos y desarrollo de habilidades cada vez más sofisticadas.  

Hasta los 7 años, los niños necesitan poder vivir con calma esa etapa pre-abstracta y basada en el movimiento, el juego, el desarrollo de la imaginación, el emprendimiento a través del juego, el florecimiento de la creatividad, la relación con el otro, la conexión con la naturaleza y la experiencia en el mundo real.   Pero la realidad es que en la cultura actual las criaturas están pasando de puntillas y a toda prisa sobre estas conquistas fundamentales de desarrollo, en un mundo demasiado estructurado, demasiado virtual, demasiado centrado en los resultados y, poco consciente del valor del proceso, el ritmo, el tiempo y el juego.  

En la práctica lo que a ocurre es que la excesiva directividad adulta, la falta de espacios adecuados y tiempo libre y la interferencia de la tecnología a menudo acaban entorpeciendo los procesos internos universales de desarrollo, la curiosidad, el instinto de juego, el placer del descubrimiento, la adquisición de habilidades y el impulso interno hacia la creatividad y la autonomía.  

Entre las consecuencias se encuentran la pérdida del placer por aprender y un aumento exponencial de dificultades de aprendizaje, altos niveles de estrés y ansiedad  y conflicto psicosocial.  

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Isabel Fernández del Castillo es escritora y divulgadora en temas de maternidad, infancia y medioambiente. Es cofundadora del Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal, y dirige la Formación en Ecología de la Infancia