Por Ibone Olza
Un estado alterado de consciencia conlleva una manera diferente de percibir y estar en la realidad. Para entenderlo se puede comparar con lo que significa tener fiebre alta, o estar intoxicado por drogas o alcohol. En estos estados no se puede responder a los estímulos de la misma manera que cuando estamos en estado de vigilia, es decir, plenamente despiertos. Solo que, a diferencia de esos estados “tóxicos”, el estar de parto es algo sano, fisiológico, producido por el propio cuerpo sin necesidad de sustancias externas es indicador de que todo funciona divinamente.
Los diferentes estudios que se han centrado en escuchar la vivencia de las mujeres en el parto natural o fisiológico lo han calificado de viaje interior o emocional, o lo han comparado de forma metafórica con subir una montaña (Simonds, 2002). El uso recurrente de metáforas para describir la experiencia del parto también nos habla de lo incomparable que es, de lo difícil que resulta explicarlo y describir lo vivido.
En 1996 dos matronas islandesas analizaron en profundidad la vivencia que tenían las mujeres de sus partos, la naturaleza de ese viaje interior (Halldorsdottir y Karlsdotti, 1996). Las mujeres contaron “haber estado en su propio mundo privado durante el parto” y “haber perdido por completo la noción del tiempo”.  Estar de parto era una sensación inusual, diferente, como describiría una mujer, Rose, de veintiocho años y madre de dos hijos:

… es una sensación muy extraña. Tienes a mucha gente a tu alrededor, pero tú estás como en otro mundo. Incluso si hay otras personas en la misma habitación, no estamos en el mismo mundo. La gente te toca y, sin embargo, estamos en mundo separados”.

Uno de los fenómenos más llamativos es que estando en ese planeta parto sentían que se alteraba su noción del tiempo:

“perdí la noción del tiempo, como si me la hubiera dejado dentro de un cajón en mi casa”  (Halldorsdottir y Karsldottir, 1996)

De hecho, la alteración de la vivencia del tiempo se ha observado en otros estudios también: parece ser algo típico del “estar de parto”. Cambia la percepción del tiempo, pero no de una forma única ni de la misma forma para todas las mujeres. A veces puede parecer que ha pasado mucho tiempo cuando apenas han sido unos minutos, otras puede tenerse un recuerdo fugaz de lo que en realidad fueron horas (Mater, 2008) En ese cambio de percepción del tiempo, las palabras “pronto” o “lento” pueden resultar muy diferentes para la parturienta que está en medio de una contracción, por ejemplo, que para la matrona que atiende el parto.
Cheryl Beck en 1983 hizo un sencillo experimento con 60 parturientas. Las pidió que calcularan (contaran) mentalmente 40 segundos, una vez durante la fase latente del parto y otra vez en la fase activa. En ambos casos las mujeres erraban: les parecían que 40 segundos duraban mucho más de lo que en realidad duran (Beck, 1983).
Intrigada por estos resultados, la misma autora llevó a cabo un estudio mucho más detallado sobre la vivencia del tiempo intraparto entrevistando largamente a siete mujeres dos días después de dar a luz. Encontró que, efectivamente, la alteración de la vivencia del tiempo cuando se está de parto es algo central y a la vez muy paradógico (Beck, 1983, Beck 1994).
Por un lado estando de parto el tiempo les parecía infinito, inacabable, como un tiempo exclusivo del parto. Sin embargo, las mujeres expresaban extrañeza y sorpresa cuando miraban el reloj y constataban cuanto tiempo había transcurrido. En general, aunque la llamada fase de transición era mucho más breve que la fase inicial o latente del parto, las mujeres la recordaban como mucho más larga. La vivencia del tiempo era fluctuante, cambiaba a lo largo del parto y también se transformaba si la mujer se trasladaba al hospital o cambiaba de lugar. Lo describían como algo “raro, extraño, desorientadas…”.  Era algo central, y tal vez para asimilarlo muchas estaban pendientes del reloj o de los marcadores temporales, hasta llegar al expulsión. Entonces ya no importaba el tiempo. Las expectativas también influían muchísimo en esta vivencia, lo que llevaba a la autora a concluir la importancia y la necesidad de que las matronas vayan informando a las parturientas de cada pequeño avance en el parto.
En retrospectiva, las mujeres sentían que la experiencia difería de lo que habían percibido. Estando de parto el tiempo parecía infinito y a la vez detenido, y, sin embargo, al acabar estaban en shock sobre lo que había durado y lo rápido que había pasado todo. Permanecían en un estado de incredulidad.  Lo explicaban con frases como “la sensación más extraña”, “no podía creer cuanto tiempo había pasado”, “me sentía desorientada en relación al tiempo”, “las contracciones parecían durar más de lo que en realidad duraban”, “durante todo el parto miraba el reloj”, o “cuando llegaba el dolor un minuto parecía eterno. Pero ahora cuando recuerdo mi parto me parece mucho más corto que las siete horas que en realidad duró” (Beck 1994).
En este estado alterado de consciencia del parto, muchas mujeres sienten que les cuesta mantener la conversación, necesitan centrarse en sus sensaciones internas, en lo que está viviendo su cuerpo, que es de una intensidad magnífica. Además, se altera la capacidad para pensar:  “no podía pensar con normalidad“, decía una madre.
“Los procesos de pensamiento no funcionaban con normalidad”, señalaba una investigadora. De hecho, no tiene nada que ver lo que vive la parturienta con lo que perciben los que la acompañan. A menudo son estos los que sienten la necesidad de “hacer algo para ayudar”, sin comprender que la vivencia de la mujer puede no ser tan terrible como parece.
 
Dra. Ibone Olza
Extractado de: “Parir, al poder del parto