Por Dra. Ibone Olza

Busque un niño o niña de cinco años que no haya tomado nunca un fármaco. Probablemente le será muy difícil encontrarlo. Bajemos el listón: uno o una de dos años… Igualmente puede resultar difícil: la mayoría de niños de esa edad ya han recibido algún antibiótico y unas cuantas dosis de antipiréticos, por no hablar de visitas a urgencias y/o ingresos hospitalarios.

¿No es acaso paradójico que conforme han mejorado las condiciones de vida e higiene de la infancia en todo el mundo occidental más se haya incrementado el uso de antibióticos, psicofármacos y otros medicamentos en la población infantil? La medicalización tiene que ver con tratar como enfermedades procesos que no lo son, es decir, dar medicinas para síntomas que podrían resolverse de otras maneras o que incluso ni siquiera son síntomas si no más bien oscilaciones dentro de la normalidad.

La medicalización de la infancia comienza en el embarazo: el escrutinio constante al que se somete a la mayoría de embarazos sanos genera en muchas madres una ansiedad que a su vez puede facilitar que haya más complicaciones. Es lo que se conoce como efecto “nocebo”: el efecto adverso de algunas pruebas o tratamientos. Un ejemplo típico sería el caso de la embarazada a la que le dicen que en la ecografía se han visto unos “quistes coroideos” que pueden “no ser nada” o bien “ser indicio de una malformación cerebral”. Aunque finalmente “no sea nada” (como sucede en la inmensa mayoría de casos) la angustia que se genera en la madre puede en si misma causarle insomnio o ansiedad, que a su vez puede sembrar el camino para otras posibles complicaciones como el parto prematuro.

A su vez la creciente medicalización del parto, es decir, la cantidad de intervenciones innecesarias que se aplican a muchas parturientas sanas favorecen que algunos recién nacidos tengan que recibir antibióticos nada más nacer o pasar sus primeros días ingresados en neonatología. Un ejemplo nítido de esa medicalización del parto es programar la fecha de parto sin que haya una buena razón médica para hacerlo, es decir, inducir el parto por conveniencia de la agenda del médico o incluso de los familiares. Provocar el parto hace que este sea mucho más difícil y doloroso; que se usen más fármacos como la oxitocina que se podrían haber evitado esperando el inicio espontáneo y que aumenten las posibilidades de que termine siendo por cesárea urgente.

Todo esto a su vez suele entorpecer muchísimo la lactancia materna, incluso si la madre desea fervientemente amamantar. El destete temprano y la alimentación con leche de fórmula multiplican el riesgo de que los bebés sufran infecciones más o menos graves, como otitis, bronquiolitis, gastroenteritis, etc. o alergias. Si encima el bebé tiene que separarse tempranamente de la madre por que esta se reincorpora a su trabajo y pasar ocho o diez horas al día en una guardería desde los cinco o seis meses de vida, el camino ya está completamente sembrado. Es bastante probable que todo ese estrés favorezca continuos procesos de enfermedad, la aparición de asma, alergias, y otros trastornos que a su vez suelen ser tratados con más fármacos.

Así la medicalización es generalizada y difícil de erradicar por su complejidad, ya que todos esos procesos finalmente necesitan tratamiento con fármacos aunque en primer lugar probablemente se hubieran podido evitar con estilos de vida más saludables y respetuosos con las necesidades afectivas de los bebés y /o niños pequeños. Y es que por desgracia en ocasiones la única manera que tienen los más pequeños de conseguir quedarse en casa y pasar más tiempo con mamá o papá es enfermando (lo cual no significa que lo hagan voluntariamente, como es lógico).

Este caldo de cultivo explica en parte por qué ahora cuando los alumnos de segundo de primaria de cualquier colegio se van dos días de excursión a la granja escuela las maestras se encuentren con que tienen que llevar todo un botiquín de fármacos que ya están tomando algunos alumnos, algo que hace unas décadas era muy poco frecuente. Pero además, probablemente, la combinación de los estresantes hábitos de vida actuales más la exposición de toda una serie de tóxicos ambientales (el aire que respiramos, los alimentos que consumimos, las radiaciones que recibimos, etc.) que padecemos los habitantes de las grandes ciudades del mundo occidental, tengan algo que ver con el aumento real de algunas enfermedades serias en la infancia como son la diabetes, el asma, el autismo o la obesidad.

Por todo ello en una sociedad como la nuestra resulta difícil evitar la medicalización incluso desde la gestación. De ahí la importancia de insistir en hábitos de vida saludables y evitar las pruebas médicas innecesarias, como pueden ser por ejemplo las ecografías repetidas durante el embarazo más allá de las tres que se recomiendan actualmente. Por eso es bueno antes de someterse a ninguna prueba o chequeo informarse bien, tanto de los beneficios como de los riesgos de las pruebas, que siempre incluyen la posibilidad de lo que se llama “falso positivo”: que te diagnostiquen algo que en realidad no tienes.

Si el parto es normal la profesional que mejor lo atiende es la matrona, garantía de que no se va a medicalizar el proceso salvo que una urgencia haga necesaria la intervención del obstetra. Nada más nacer la “no separación de la madre” es fundamental: en ese contacto estrecho, piel con piel, se sientan las bases de un desarrollo físico y afectivo saludable y armónico. Madres y bebés se regulan mutuamente durante mucho más tiempo de lo que se pensaba anteriormente, y no sólo a través de la lactancia sino también mediante caricias, sonidos, besitos, etc. El contacto visual directo por ejemplo de la madre al bebé hace su frecuencia cardiaca se sincronice en menos de un segundo, ¡cuántos otros procesos similares nos quedarán aún por descubrir!

Ante el llanto del bebé que no cesa no es preciso salir corriendo a la farmacia de guardia a comprar remedios: a menudo es mucho más eficaz y barato quitarse la ropa y abrazarle en piel con piel, cantar nanas, o llorar con él o ella incluso, si lo que tiene la madre es agotamiento. Hacerse la pregunta de ¿qué me quiere comunicar mi bebé? antes de ir a la farmacia o a urgencias supone un gesto de confianza en su salud y en la propia capacidad de escucha. Igualmente ante las dificultades con la alimentación vale más empezar mirando cómo y con quien come el pequeño y como nos ve comer a los adultos o cuánto tiempo pasa tranquilo con sus padres. La falta de apetito o la alimentación selectiva a menudo se resuelve apagando la tele y sentando a los más pequeños a la mesa con los mayores, antes de empezar a ir al pediatra y a pedir analíticas y pruebas.

La prevención de bastantes trastornos infantiles comienza respetando y cuidando las necesidades afectivas de los bebés. Todos necesitan pasar los primeros meses de vida en contacto continuado con la madre y/o un reducido número de personas muy familiares. Hay que ir muy despacito en todas las transiciones, sea la de la cuchara, la de la marcha o la de pasar algunas horas al día sin sus padres. La incorporación a guarderías o escuelas debe de ser paulatina y cuidadosa: los menores de tres años no necesitan ir a la guardería, somos los adultos los que nos hemos creado la necesidad de estar sin ellos para dedicarnos a otras tareas. Cuando ya son un poco mayores necesitan jugar libremente casi todo el tiempo, idealmente en la naturaleza o espacios libres. Es mediante el juego donde natural y espontáneamente se desarrollan las aptitudes y habilidades sociales. La falta de esos espacios de juego, de esos ritmos y esa regulación natural que surge en la relación del vínculo seguro es lo que favorece a menudo algunos síntomas que si no son escuchados atentamente pueden ser confundidos con enfermedades o incluso favorecer su aparición.

La medicalización se evita confiando en su salud y en su capacidad de autorregularse si escuchamos y respetamos sus ritmos.

 

Dra. Ibone Olza, Psiquiatra infantil y perinatal