
Por Magdalena Martínez
Cuando hablamos de salud mental perinatal sabemos que no se ciñe a un entorno en particular. Entonces, ¿qué ocurre cuando la maternidad acontece en los márgenes, en instituciones totales diseñadas para la seguridad y no para la crianza?
Desde julio de 2025, un proyecto de intervención en el Centro Penitenciario de Madrid VI (Aranjuez) ha permitido constatar que el acompañamiento de la doula puede ser también una herramienta de equidad y justicia social. Si bien no es algo excepcional ni nuevo, lo novedoso es que la literatura científica reciente ha comenzado a redefinir nuestro rol y a visibilizar este tipo de proyectos.
El proyecto se desarrolla en el Módulo Familiar del Centro Penitenciario Madrid VI–Aranjuez. En esta unidad mixta conviven aproximadamente 40 mujeres (algunas embarazadas, otras en posparto) que crían a sus hijos hasta los tres años mientras cumplen su condena. Actualmente también hay entre cinco y siete padres (considerando la rotación anual) alojados en esta unidad.
Los requisitos para que las mujeres puedan permanecer aquí con sus hijos son extensos; para los padres, aún más. A los tres años, los niños deben abandonar la unidad, aunque la condena de sus madres no haya finalizado. En esos casos, salen con familiares o quedan bajo tutela institucional.
Aunque lamentablemente el encierro y la invisibilidad no son ajenos a la maternidad en ningún espacio, lo que sí presenta brechas es el acceso a recursos para hacerles frente. Así nació esta iniciativa de la Red Circular de Doulas, con el propósito de democratizar el acompañamiento, amortiguar la hostilidad de ese entorno en la díada y transitar junto a estas mujeres el proceso de recuperar la agencia de sus cuerpos y sus crianzas.
La maternidad en prisión ha sido descrita y es vivida por muchas mujeres como una doble condena, la pena concreta que se cumple por haber roto el pacto social y una segunda sanción (simbólica y moral) como mujer y madre. Ese peso se traduce, muchas veces, en cuerpos a la defensiva, con más rigidez de la que facilita entregarse a maternar y vincularse con los propios bebés.
Las doulas proponemos un trato cercano, físico y emocional. Vamos leyendo el diálogo entre la mujer, su cuerpo y su bebé, y nos acoplamos a él. Tocar la espalda de una mujer que amamanta sin activar sus alarmas internas, proponer una dinámica en la que cierre sus ojos o se muestre vulnerable en un entorno de hipervigilancia, puede ser complejo. Pero los abrazos han fluido y las barreras se arman y desarman como en cualquier otro contexto. Y aquí es donde creemos que nuestro rol encuentra una fortaleza en la horizontalidad.
A diferencia del personal sanitario o de los equipos de tratamiento penitenciario, la doula no evalúa, no diagnostica ni emite informes que puedan influir en la condena. La doula no alecciona, no dirige ni juzga, sólo está ahí; a lo sumo, acerca información y acepta las decisiones que esa persona cree convenientes o es capaz de tomar en ese momento. Esta distinción ha sido fundante en la relación con las mujeres del centro penitenciario. Al no formar parte de la estructura de poder de la prisión, nos convertimos en un “puerto seguro”. En el círculo de maternidad y crianza somos, ante todo, mujeres, hijas o madres, que compartimos, aprendemos de las otras y de nosotras, y nos emocionamos como en todo círculo. O nos quedamos en silencio porque no se puede articular todo lo que estamos vivenciando, pero nos sentimos arropadas porque el vínculo permite que la oxitocina fluya incluso entre rejas, facilitando una apertura emocional que puede ser más difícil en la relación jerárquica con la institución.
Este es un trabajo que nació desde el corazón de varias mujeres y que hoy crece gracias a la motivación de muchas personas más. Desde la enfermera que tuvo la visión y nos convocó en un inicio, hasta las doulas que asistimos y la red que nos sostiene fuera. También gracias al personal sanitario, de salud mental, trabajo social y funcionarios que han ido despejando el camino paso a paso. Y, sobre todo, gracias a las mujeres y a sus hijos, que se han abierto a la propuesta y nos han enseñado que siempre recibimos más de lo que creemos dar.
Dos deseos nos impulsan para los próximos meses. El primero es lograr finalmente el acceso al paritorio para acompañar los partos de aquellas internas que no tienen red familiar (o que así lo soliciten); el segundo, consolidar el trabajo con los padres en este módulo mixto. Aunque son pocos, su presencia en los talleres es activa y esperanzadora, recordándonos que toda presencia es necesaria para sostener el vínculo.
*Magdalena Martínez es educadora perinatal, doula, alumna Certificada de la formación Lactancia y Salud Mental por el IESMP y estudiante de Psicología.
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