De las mujeres se espera que vuelvan a estar “como antes” lo antes posible tras el parto, y que se incorporen al trabajo a pleno rendimiento  como si no estuviera pasando nada.   ¿Es eso física, mental y socialmente realista?  y sobre todo  ¿Es justo este nivel de exigencia laboral y escaso reconocimiento de la importantísima etapa de la primera crianza y las necesidades de madres y bebés?

por Lori Fradkin, editora senior en TIME. 
 

Solo había llegado a la esquina cuando me di cuenta de que no había pagado. Me había despedido de mis amigos en el restaurante y me había marchado sin más. Cuando volví, avergonzada y pidiendo disculpas, una amiga mencionó que otra de ellas había preguntado si yo estaba bien.

“Pues claro que no está bien”, había respondiendo mi amiga. “Tiene un bebé de cuatro meses.”
Mi bebé de cuatro meses era la razón por la que tenía que irme a casa. Tenía que sacarme leche (por cuarta o quinta vez ese día) e irme a la cama lo antes posible, todo el tiempo que pudiera, antes de tener que aparentar ser una profesional con todo controlado la mañana siguiente, en el trabajo.
Mi marido y yo habíamos bromeado sobre lo sencilla que iba a ser esa semana. Nuestro hijo mayor estaba con sus abuelos, lo que significaba que solo teníamos que encargarnos del bebé. Por supuesto, fue esa semana cuando tuvo una regresión del sueño. Cada noche, me sentaba en la mecedora durante horas, tratando de que se durmiera al pecho, solo para conseguir que en cuanto su cuerpecito arropado tocase la cuna empezara a llorar de nuevo.
Hacía un mes que me había reincorporado al trabajo, y estaba tratando de demostrar mi valía ante un nuevo jefe. Me sacaba la leche antes de ir a la oficina, interrumpía mi día varias veces para engancharme a tubos y succiones, y otra vez por la noche. También estaba intentando ser una madre atenta con las necesidades de un niño que amaba a su hermanito, pero también me había pedido al menos una vez que “me lo volviera a meter en la tripa”.

Pues claro que no está bien

Sabía que estaba exhausta, algunas veces sobrepasada. Pero el comentario de mi amiga fue esclarecedor. Había dado a luz sin complicaciones. Tenía quién cuidara a mis hijos mientras trabajaba. No estaba experimentando tristeza o ansiedad posparto. Estaba cumpliendo las tareas de mi lista en el trabajo, aunque algunas veces lo hacía a última hora de la tarde. Había hecho todo esto antes. Pero tan pronto mi amiga pronunció esas palabras, me sentí aliviada. Pues claro que no. Esas palabras, esa seguridad, validaron una experiencia que hasta ese momento no había sido plenamente consciente de estar atravesando.
Si preguntas si una mujer “se ha recuperado” después de su embarazo, la gente sabe a qué te refieres: ¿después de gestar y parir un bebé, ha vuelto a su talla y su forma corporal habitual? Esa pregunta no es simplemente superficial. Es perezosa, se centra en lo que se puede averiguar a simple vista. Mucho menos comentada, y más difícil de responder, es la cuestión de si la madre reciente “se ha recuperado” en otros sentidos. Entre el cambio hormonal, la privación de sueño y el esfuerzo de mantener vivo a un ser humano totalmente nuevo basándose en el ensayo, el error y Google, ¿qué querría decir tal cosa? Pero aunque no se hable de ello, la expectativa para muchas mujeres es que en ese momento donde simplemente estás intentando mantenerte a flote, de alguna forma tienes que conseguir volver al punto en el que estabas antes de todo eso.
Parte de la presión es social: para las mujeres que tienen la suerte de contar con permisos de maternidad, al reincorporarte lo haces de pleno. El hecho de que tu bebé esté atravesando una crisis de lactancia o una huelga de sueño no son excusas para saltarse una fecha de entrega. Pero la niebla de la nueva maternidad altera hasta tu propia percepción de qué es lo que deberías ser capaz de manejar. Cuando llegar al final del día requiere poner el piloto automático (y café) no hay mucho tiempo para reflexionar en cómo te está afectando hacerte cargo de una nueva vida y hacer frente a las demandas de la tuya al mismo tiempo.
Con un comentario casual, mi amiga me hizo ver mi propia situación de forma mucho más clara. Ahora, cuando amigas con bebés pequeños me confiesan que están pasándolo mal, a pesar de que están consiguiendo establecer una rutina, a pesar de que “técnicamente” no hay nada que esté mal, les hablo de aquella noche en la que me fui sin pagar del restaurante.
A veces necesitamos que alguien nos asegure que las cosas van a ir bien. Pero otras veces lo que necesitamos oír es que, en ese preciso momento, lo normal es que no esté yendo bien.

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